Soy un psicólogo dedicado a la atención de personas que sufren por causas reales o imaginarias. Tengo más de una decena de clientes a quiénes recibo en mi consultorio en horarios nocturnos en los días laborables de la semana. Algunas veces atiendo casos especiales, en horarios o lugares poco usuales, dependiendo del grado de aflicción en la que se encuentre la persona.
Tengo seis clientes -algunos prefieren llamarlos pacientes- que han causado especial impacto en mi. Ellos acuden en busca de ayuda para aliviar su aflicción; esperan un consejo o una técnica para disipar ese estado de sufrimiento silencioso que viven.
Realmente, -soy consciente-, que no les puedo dar grandes consejos ni técnicas superefectivas para que superen su situación; pero hago todo lo posible por escucharlos, por acercarme a ellos con una mirada afectuosa o un gesto cariñoso y atento, para comprenderlos y ayudarlos a encontrar un camino mejor.
Mi consultorio
Está en un lugar céntrico, muy alto, con aire fresco y mucha luz. También tiene conexión a internet, televisión por cable y una sala de estar pequeña en dónde puedes servirte una soda o una copita de vino mientras esperas tu turno.
Tengo una secretaria, ya entrada en años, que es como mi madre. Es atenta, servicial, infaltable, puntual y ordenda. A ella lo “heredé” de un colega que falleció meses atrás.
Se puede decir que soy un psicólogo moderno, puesto que, además de que siempre estoy a la casa de nuevas técnicas y métodos de tratamiento, utilizo el chat, la video llamada y el correo electrónico para entrar en relación con mis clientes.
En fin, más adelante conocerán más cosas sobre mí, puesto que, seguramente, en el mismo relato de las historias que presento aquí, se filtrarán cosas de mi propio ser.
Gracias
iDoc